viernes, 28 de noviembre de 2014 a las 08:43 PM

Loreto

Paz, armonía, descanso y tranquilidad son las sensaciones que se percibe en este pueblo rodeado de lagunas y naturaleza pura.

La fundación de la reducción de Nuestra Señora de Loreto fue un episodio único en la zona, su primera fundación fue hacia 1610 en las Misiones, más allá de las cataratas del Iguazú, en la región del Guaira. Pero debido a los ataques de los portugueses en 1631 debió trasladarse y se instaló primero en la provincia de Misiones; pero ante los reiterados enfrentamientos , en 1817 siguió bajando hasta Loma de Yatebú, en la provincia de Corrientes.

La localidad de Nuestra Señora de Loreto en Corrientes, conserva el majestuoso centenario arte religioso jesuítico – guaraní en su capilla antigua, la misma es Monumento Histórico Provincial, debido a que constituye uno de los museos más importantes en imaginería religiosa en la provincia; otras imágenes de origen jesuítico – guaraní se encuentran en casa de familias descendientes de guaraníes, que las sacan en las procesiones, que se realizan en el pueblo, especialmente el día 10 de diciembre, día de la Virgen de Loreto.

Centro- Norte de la Provincia de Corrientes, distante a 160 Kilómetros de la ciudad de  Capital.

El Departamento de San Miguel, está ubicado en el La ruta 5 que empalma con la Ruta  Nacional Nº 118, une la capital correntina con San Miguel. Loreto es la cuarta sección del Departamento de San Miguel, y está ubicado en la zona centro-norte de la Provincia de Corrientes.

Limita al Norte: con el Río Paraná. Sur: con la tercera sección del Departamento de San Miguel. Este: con el Departamento de Ituzaingó. Oeste: con el Departamento de General Paz.

 

COMO LLEGAR

PLANO

 

ORIGEN DEL PUEBLO

El Distrito de Loreto, tuvo su origen de una población indefensa, peregrina y perseguida por los feroces Mamelucos – Bandeirantes Brasileros. Además como agricultores anhelaban arraigarse en zona apta y alejada de asechanzas destructoras.

 

NUESTRA SEÑORA DE LORETO 

Son los padres de la Compañía de Jesús los que se encargan de difundir en América esta devoción mariana.

La Virgen y el Niño tienen sus cuerpos cubiertos casi totalmente con un amplio manto tallado, que permite la aparición de la parte superior de las figuras por medio de una gran escotadura. Por debajo del manto asoman los pies desnudos de la virgen, que apoya sobre una peana circular, con nubes y querubines.

Es ésta una escultura de gran calidad plástica, en la que se conjugan la armonía de las formas con el tratamiento realista del manto.

El inventario de 1908, dice que el material con que está hecha la imagen, es cartón de piedra (éste es una pasta de papel, yeso y aceite secante, y tan duro como la piedra).

Quizá el ojo poco habilitado a reconocer imágenes haya confundido la fina labor de talla que cubre el manto de la Virgen, con el modelado en cartón piedra, muy usado desde fines del siglo XIX. Tiene corona de plata, igual que las potencias del Niño, y ambas son modernas. Madera tallada; policromía y oro originarios. Altura máxima, 73 cm.

 

MISIONES JESUITICAS , SIGLO  XVIII.

Esta localidad se caracteriza por sus calles de arena con veredas de pasto, donde reina el sonido del viento y las aves, no tiene calles asfaltadas, y mantiene una arquitectura donde se rescatan, las casas chorizos, con techos a dos aguas, y cubierta de pajas y entramado de tacuaras. Las primeras construcciones datan del 1920. y aun se pueden observar paredes de ladrillos asentado con barro.

 

HISTORIA DE LORETO

“La fundación de Loreto en la provincia de Corrientes, verdaderamente es un episodio único en la zona, y merece que su tradición sea conservada como testimonio de un triunfo de la fe, que edificó un pueblo con las reliquias de otro”.

Pedro de Armengol Alegre.

La reducción de Loreto, fue el primero fundado en las Misiones por los padres Cataldino y Masseta, hacia 1610 mas allá de la cataratas del Iguazú, en la región el Guayrá. Durante ocho años Ruiz de Montoya trabajó con sus compañeros incansablemente, incorporando nuevos pobladores a las reducciones de Loreto y San Ignacio, y organizando estos pueblos. Además, por estos años compuso un arte y vocabulario de la lengua guaraní. Al final de este primer período misional, el 2 de febrero de 1620, hizo su profesión de 3 votos en la reducción de Loreto. En 1622 fue designado Superior de la Misión del Guayrá sucediendo al Padre José Cataldino. Se inició entonces una nueva etapa, de expansión misionera, pero signada por la agresión externa.

En 1631, ante los ataques de los “mamelucos paulistas”, bandoleros de la región brasileña, luego de muchas penurias, a comienzos de 1632, llegaron al arroyo Yabebiry, donde se establecieron los dos pueblos: Nuestra Señora de Loreto y San Ignacio Miní, donde subsistió hasta la invasión de Portugal en 1817, comandada por el Brigadier Chagas.

No olvidar que la actual República del Brasil, limítrofe con nuestra provincia, constituyó una colonia portuguesa hasta 1822, en que el Infante don Pedro, hijo del Rey de Portugal, dio el grito de libertad é independencia al cruzar el Ipiranga, constituyendo al Brasil en un imperio.

Loreto formaba parte de las 15 reducciones jesuíticas occidentales, que después de la expulsión de estos ordenados por el Rey Carlos III de España y ejecutada con sigilo y habilidad por el Gobernador de Buenos Aires don Francisco de Paula Bucarrelli; Se reorganizaron bajo dirección de curas franciscanos, dominicos, mercedarios, etc. y finalmente bajo gobierno civil, dirigidas desde Yapeyú como capital, por un gobernador y las reducciones a sus órdenes por “administradores”.

La vida de estos “administradores” con altibajos de progreso continuó hasta la época emancipadora, pasando del dominio español a depender de la Junta de Buenos Aires, a adherirse los Cabildos de pueblos al movimiento revolucionario de Mayo.

 

Hacia las fronteras (primer éxodo ó éxodo Guayreño)

Al culminar el año 1631 solamente San Ignacio y Nuestra Señora de Loreto permanecían en el Guayrá. Las demás reducciones habían sido destruidas o directamente abandonadas por sus habitantes. El padre Antonio Ruiz de Montoya, Superior de las misiones guariñas, se encontraba frente a una decisión crucial: permanecer en el Guayrá y resistir a los ataques, o abandonar la región y asumir el fracaso del proyecto misional guayreño. El pánico en la población, la ausencia de una organización militar, sumado a la indiferencia de Asunción, Villa Rica y Ciudad Real frente al problema, terminaron por condicionar la toma de una decisión, probablemente no deseada por el padre Montoya: el abandono del proyecto guayreño y el éxodo de la población en busca de un ámbito territorial más seguro. El pánico cundió entre los indígenas ante la proximidad de las bandeiras. Durante varias semanas, 12.000 indígenas se prepararon para el éxodo. Se acondicionaron 700 balsas y las provisiones necesarias para el viaje. Se embarcaron las alhajas de las iglesias, muebles y enseres. Las familias juntaron sus pertenencias y desenterraron los huesos de sus muertos. Los 12.000 indígenas, junto con el padre Antonio Ruiz de Montoya, se despidieron de su ancestral patria guayreña y se lanzaron en las balsas al río Paranapanema, navegándolo hasta llegar al Paraná. Tres días después los bandeirantes caían sobre los abandonados pueblos de Loreto y San Ignacio. Pero otras calamidades le sobrevendrían a los guayreños en el largo trayecto. Las balsas surcaban apacibles las aguas tranquilas del río Paraná cuando, en un sitio en donde el río se estrecha, visualizaron una improvisada fortificación. Eran algunos pobladores encomenderos de Ciudad Real fuertemente armados que intentaban impedir el paso y al mismo tiempo capturar indios para sus encomiendas. La caravana se detuvo en la costa y el padre Montoya se dirigió a la fortificación a conferenciar con los encomenderos. La postura de éstos era contundente: los indios no pasarían, e incluso amenazaron de muerte al padre Montoya, quien logró escabullirse. Para el padre Montoya y los miles de guaraníes no había posibilidad de retroceder. Ordenaron las balsas en formación militar, tomaron en mano sus arcos y flechas, y continuaron desplazándose río abajo dispuestos a luchar por la libertad. Los encomenderos, al ver el estremecedor espectáculo de 12.000 personas navegando en el río entonando cánticos y plegarias a viva voz, con la imagen de la venerada Virgen de Loreto como guía, quedaron atónitos y simplemente dejaron la vía libre a los guayreños. A los pocos kilómetros se hallaron ante las cascadas del Guayrá (hoy cubiertas por el lago de Itaipú). Durante cinco días, los indígenas recorrieron casi veinte leguas cargando por tierra todo su equipaje. Para aminorar la carga se lanzaron a las cascadas trescientas balsas con la intención de recogerlas más abajo, pero todas quedaron destruidas; un hecho que decepcionó y desalentó a los emigrados. Durante el trayecto por la selva los misioneros fueron víctimas de indios salvajes, fieras y alimañas. Salvado el tramo de las cascadas, se encontraron con que faltaban balsas. A esto se sumó la incorporación de 2000 guaraníes más que llegaron con el padre Pedro Espinosa, huyendo del ataque bandeirante a la reducción de Los Ángeles del Tayaoba. Al tiempo los alimentos comenzaron a escasear y faltaban también en el lugar árboles adecuados para construir nuevas balsas. Aun así, se comenzaron a elaborar canoas y balsas muy precarias. Mientras transcurría el tiempo empezó a notarse la falta de alimentos. Muchos se internaban en la selva en búsqueda de comestibles y no volvían más, otros labraban el suelo y plantaron semillas. Unos cuantos, por sus propios medios, se lanzaron al río en frágiles embarcaciones, motivo por el cual un gran número de guaraníes pereció ahogado en las aguas del Paraná. Las cartas que se habían enviado a las reducciones del sur antes de la partida pidiendo socorro nunca habían llegado a destino, de manera que los demás pueblos misioneros ignoraban el drama que se vivía en el Guayrá. Parte navegando y parte a pie por la costa, los guayreños llegaron hasta la desembocadura del río Yabebirí en el Paraná. Llegaron 4000 indios, 7000 habían perecido en la desesperación del éxodo. Los sobrevivientes, luego de acampar y reponerse durante algunas semanas en las costas del Yabebirí, refundaron las reducción de San Ignacio Miní y la de Nuestra Señora de Loreto. Desaparecidas las reducciones del Guayrá, los bandeirantes se encaminaron, a fines del año 1637, hacia las prósperas reducciones del Tapé. En el mes de diciembre del año 1637 una bandeira comandada por Raposo Tavares cae violentamente sobre la fronteriza reducción de Jesús María, destruyéndola totalmente y capturando a sus habitantes. Los que logran huir junto con los habitantes de la cercana reducción de San Cristóbal, se repliegan hacia el pueblo de Santa Ana, y todos a la vez se repliegan más al occidente, hacia la reducción de Natividad. Esta determinación de abandonar los pueblos más orientales y establecer la línea de frontera en el río Igay había sido tomada en una reunión realizada en Santa Ana, de la que participaron el Superior, padre Antonio Ruiz de Montoya, los curas de los pueblos y los principales caciques. También se decidió que los pueblos más expuestos a los ataques debían ser abandonados y quemados.

 

Esto provocó el pánico en la población, que emigraba descontroladamente buscando la protección de la costa occidental del río Uruguay. El padre Provincial Diego de Boroa, que llegaba a la región en aquellos momentos, se encontró con grupos de indígenas que huían despavoridos de sus pueblos. Entonces ordenó el regreso inmediato de todos y dio a conocer al padre Montoya su decisión de permanecer en la región y enfrentar a los bandeirantes. Aún así, varios caciques de las reducciones de Candelaria y Mártires tomaron la decisión, por propia voluntad, de abandonar sus pueblos y trasladarse a las reducciones del Paraná. Otros grupos prefirieron abandonar los pueblos e internarse en las zonas selváticas. Las incursiones bandeirantes se volvían cada vez más agresivas, mientras que los habitantes de los pueblos se hallaban desarmados e indefensos. El padre Provincial Diego de Boroa comprendió el sentido realista del padre Montoya y decidió el abandono de todos los pueblos ubicados entre el río Uruguay y el Igay. El éxodo se realizó en forma planificada y ordenada, con la finalidad de prevenirse de los desastres que habían ocurrido durante el éxodo del Guayrá. Algunos grupos se trasladaron y se establecieron en reducciones que ya estaban asentadas entre los ríos Paraná y Uruguay. Otros pueblos organizaron su traslado del siguiente modo: primero partían los hombres hábiles para el trabajo, quienes cruzaban el Uruguay, buscaban el sitio para la nueva reducción, labraban la tierra, construían provisoriamente el pueblo, y luego retornaban a buscar a los demás habitantes. Otros grupos dispersos de diverso origen fundaron reducciones totalmente nuevas, como la de los Santos Mártires del Japón. Para finales del año 1638 todos los pueblos del Tapé habían sido trasladados y ubicados en el estrecho espacio comprendido entre los ríos Paraná y Uruguay, en lo que hoy es la provincia argentina de Misiones. Terminado el éxodo se organizó una expedición al Tapé, dirigida por los padres Francisco Jiménez, Felipe Viver, Antonio Bernal, Gaspar Serqueira, Pedro Mola, Antonio Palermo, Pablo Benavídez, Adriano Formoso y Pedro Romero, con la finalidad de buscar a aquellos indígenas que se habían ocultado en los montes durante los ataques bandeirantes.

 

El éxodo Misionero (segundo éxodo)

 

El ilustre historiador y profesor don Pedro de Armengol Alegre en un artículo periodístico, dijo:: “No era el éxodo israelita llevando el Arca de la Alianza, pero como el escogido huía en procura de una tierra donde pudiera vivir en paz, conduciendo en su penosa peregrinación las imágenes adoradas, cuya salvación procuraba al precio de su propia vida”.

 

En el Archivo de la Provincia de Corrientes existe un censo efectuado por disposición del capitán Blanco Nardo en 1822, comandante entonces de Yaguareté Corá, actual Concepción (Corrientes) de los nuevos vecindarios de San Miguel y Loreto, donde aparecerán consignadas en las 1.700 familias censadas, entre ambos poblados según las reducciones jesuíticas de los cuáles serían originarios dichos pobladores. El doctor Hernán F. Gómez afirma la heterogeneidad de origen de los de San Miguel. Según testimonio verbal de doña Ana Chapay, hija de don Blas Chapay, uno de los principales personajes de la fundación de Loreto, fueron casi todos los que formaron la columna que emplazaron sus chozas en “Yatebú”, originarios de la Loreto misionera destruida por los lusitanos, pocos de Candelaria, San Carlos y Corpus.

 

 Episodios del éxodo Misionero

 

Dos episodios sobresalientes del éxodo Misionero y de la fundación del pueblo de Loreto en Corrientes, forman:

 

a) la actuación decidida y valiente que prestó como custodia a la columna loretense, el Comandante de Armas don José Ignacio Gayrayé ó Guayaré, que comandó ochenta milicianos indios, armados con fusiles de chispa y sables, los acompaño em todo su penoso peregrinaje desde la iniciación de la marcha de la columna del éxodo en Misiones hasta la llegada a “Loma Yatebú”, contruyendo luego su cuartel a pocos metros de la Capilla que edificaron para albergue de la imágenes católicas, ejerciendo eficazmente el control y estableciendo el orden y la legalidad en la nueva población.

b) El otro, la modesta actuación de don Blas Chapay, sacristan de la iglesia de Corpus misionera destruida también por los lusitanes, que a falta de sacerdote, atendió en todo momento y en la nueva población los asuntos espirituales de los peregrinos, dentro de lo que le fué posible, llevando al alma de los huídos la confianza y la fé en Dios y en la doctrina cristiana, para soportar todas las viscisitudes, penurias y miserias sufridas durante el éxodo, aun grado moral elevado y luego, durante el replanteamiento y fundación del nuevo pueblo, constituirse en el primer dirigente de la construcción de la capilla “Nuestra Señora de Loreto” en “Yatebú” y colaborar activamente en su organización política.

 

Historia de Loreto jurisdicción Corrientes

 

El caudillo oriental, general José Gervasio Artigas, en su lucha contra los portugueses que ocupaban la Banda oriental del Uruguay, encontró en los pueblos de las Misiones, fuentes de abastecimiento en víveres y hombres para continuar la lucha para la expulsión del invasor que pretendía adueñarse de ese territorio y realizar su emancipación, tanto de los portugueses como el Gobierno de Buenos Aires. En este afán lo secundó activa y eficazmente don Andrés Tacuarí, caudillo indio de las Misiones, conocido generalmente por el mote de “Andresito Artigas”, su principal lugarteniente.

Los Portugueses en esta circunstancia resolvieron ponerse de acuerdo con el Dictador Supremo del Paraguay José Gaspar Rodriguez de Francia, para atacar y destruir a los guaraníes misioneros que eran la fuerza de choque de Artigas, que en 1815 había expulsado a los paraguayos de los cinco pueblos del Paraná (Candelaria, Loreto, Santa Ana, San Ignacio y Corpus) y en 1816 habían intentado hacer lo mismo con los siete pueblos orientales resultando derrotados en San Borja. Esto significa que los guaraníes artigueños eran considerados enemigos tanto por la corona de Portugal como por el Dictador Francia. De modo que la campaña de Chagas de los 15 pueblos son saqueados y destruídos 10 pero solo son atacados los cinco del Paraná donde entra Loreto. Estaba sobreentendido que el Paraguay volvería a tomar poseción de los mismos una vez dispersadas las fuerzas artigueñas alli existentes. Empezaron destruyendo a La Cruz é incendiando Yapeyú, la capital administrativa el 12 de febrero de 1817, día que el general San Martín, nacido en ese pueblo en la cuesta de Chacabuco luchó y triunfó en tierra chilena contra los españoles por la libertad de Chile y la consolidación de la independencia Argentina.

 

Al desaparecer toda la fuerza armada que guarnecía los pueblos del Paraná, los portugueses se retiran y se ocupan de trasladar el saqueo de los otros diez pueblos incluyendo familias prisioneras hacia San Borja.

 

El dictador Francia entonces ordenó a su comandante de Encarnación el traslado forzoso de las familias guaraníes de los pueblos del Paraná a la banda norte de este río, llevándose todo lo que pudiera ser transportado o sea dejando solo las ruinas como para que no volvieran a instalarse los artigueños. Esta acción se realizó de inmediato pero muchas familias huyeron y se escondieron en los montes antes de ser trasladadas a la banda paraguaya, algunas llevando imágenes de especial aprecio como la de la virgen de Loreto.

 

La depredación y la destrucción llegaron a todos los pueblos misioneros y el éxodo de pobladores se produjo a consecuencia de este vandalismo.

 

La reducción de Loreto sufrió la misma suerte aciaga de las demás poblaciones que fueron víctimas de la saña de los invasores. Esta segunda población tuvo la trágica historia de la primera, como dijera el historiador don Armengol Alegre en “Anales de Loreto”:

Vencida toda resistencia por los invasores, los habitantes de Loreto, presumiblemente algunos de Corpus, Candelaria y San Carlos formaron una sola columna, concentrando toda su atención a un solo fin; salvar las imágenes que serían patrones celestiales de dichas poblaciones y a fin de impedir que cayeran en manos de sus bárbaros enemigos, resolvieron huir con ellas y otras imágenes de su adoración católica, hacia tierras lejanas donde no pudieran alcanzarlas el vandalismo de las hordas lusitanas.

 

En los otros 10 pueblos que fueron saqueados y destruidos por lo portugueses, muchas familias asesinadas o prisioneras, también quedaron algunas dispersas y fugutivas que poco a poco se fueron reuniendo con las de los 5 pueblos y conformaron las huestes de emigrantes que abandonaron las ruinas de Misiones y se dirigieron hacias las estancias donde ni los portugueses ni Francia tendrían interés en perseguirlos.

Dichos vecinos de los pueblos misioneros pasaron al sud de la Tranquera de Loreto (ejidos del actual municipio de Ituzaingó) iniciando en masa en dos columnas, completamente independiente una de otra, la penetración de la zona que antes solo utilizaban como guardería o estancias de sus ganados. Corriéndose por la costa del Alto Paraná y bajando luego por las partes altas de las ricas formaciones aluviales que se encuentran entre los afluentes del Iberá y los del Santa Lucía. Una de las columnas quedó en “Loma Yatebú”, donde se funda el poblado de Loreto; la otra sigue más al sud estableciendo el pueblo de San Miguel.

 

Noticias por tradición y una anécdota

 

La misma doña Ana Chapay, narró en 1917, ya muy anciana, una curiosa anécdota escuchada en su niñez, de boca de su padre y decía: ”La peregrinación fue dura y penosa, muy llena de privaciones, sirviéndoles de guía un indio “payaguá”, muy ladino, conocedor de toda la comarca y especie de “baqueano” al estilo de “Calíbar” narrado por Sarmiento. Marchaban con las imágenes en andas, portaban sus ropas y demás enseres, alhajas, tesoros, etc. en maletas y bolsas que llevaban a cuesta, a pié, generalmente de noche, por ocultarse para que no los descubran los enemigos, en su marcha. El indio “payaguá” se echaba a tierra cada vez que creìa conveniente y oportuno, puesto el oído sobre la superficie terrestre, auscultaba todo ruido o movimiento producido a una gran distancia a la redonda, para advertir o avisar los peligros que pudieran asecharlos a fin de ocultarse oportunamente en los bosques que bordeaban los caminos por donde huìan, o en ùltimo caso disponerse a la defensa por las armas hasta sucumbir antes de ser arreados como manso rebaño.

 

Asì marcharon muchos dìas y una vez, a la altura del zanjòn de “Santa Lucia” (actual juridicciòn de Ituzaingó y entonces de la reducción de San Carlos), el baqueano diò la vez de alerta, comunicando que el enemigo se encontraba a no mucha distancia è inmediatamente se ocultaron en un espeso bosque, las mujeres y los niños màs adentro y en la periferia los hombres para realizar la defensa si la ocaciòn se presentaba. Después de una hora, volvió a avisar que el peligro pasò y reanudaron la marcha sin novedad.

 

Mas tarde entraron en la “Tranquera de Loreto”, así denominada porque dicho zanjòn en su corto cruce transversal del Paraná a los esteros de Iberá, cortaba el tráfico entre los pueblos de Misiones y la estancia de la Virgen de Loreto, terreno de la juridicciòn de Corrientes, donde los jesuitas tenìan sus grandes establecimientos ganaderos, ùnica abertura terrestre para entrada y salida, verdadera tranquera.

Posiblemente, además de la seguridad que les proporcionaba esta región, trìan a la patrona de Loreto a su estancia, guaderìa perteneciente a aquella comunidad, ya que la propiedad particular era desconocida entre los misioneros.

 

Desde entonces, la columna hacìa frecuentes altos para descansar de las fatigas sufridas en los lugares propicios, donde encontraban elementos de subsistencia.

Se hallan jalonados en la ruta que siguieron en su marcha los peregrinos misioneros, de distancia en distancia nombres de parajes “San José”, “San Joaquín” “Santa Ana”, “San Isidro” y “San Juan”, que pudieron ser los lugares en que quedaran algún tiempo a pernectar o descansar, tares fértiles, buenas aguadas, abundante ganado, especialmente vacuno, que les proporcionarìa abundantes víveres y albergue natural.

Al fin, la columna hizo un alto definitivo en “Loma Yatebù”, tierra de extensos cocales en la proximidad de lagunas, donde existìa una quinta de naranjos dulces que en otrora pudo ser un puesto ganadero y se dispusieron a fundar y organizar la población con la que soñaban, en reemplazo de la misionera destruida por los portugueses y a la que pusieron el mismo nombre de “Loreto”. Que habìan llegado en pleno verano, posiblemente en diciembre albergándose del excesivo calor solar a la sombra de los naranjos de espeso follaje, uno de cuyos ejemplares, conocido como “naranjo Paí Pajarito”, que permanecía verdeante y con hermosas pomas al celebrarse el centenario de su fundación, árbol històrico al que se colocó una placa y actualmente extiguido, dicha placa se trasladó al manolito cercano ubicado en la calle de la misma esquina.

 

Las imágenes católicas que portaron los de Loreto

 

Además de la hermosa estatua de la Santísima Virgen de Loreto que depositaron en la capilla que construyeron luego de su llegada al emplazamiento, portaron varias otras imágenes, entre ellas el “Santísimo”(Corpus), que es una figura plana en un panel que se cuelga en la pared, este sería patrono de la ex-reducción misionera de “Corpus”, que conserva aquí la familia descendiente de don Blas Chapay; La “Candelaria”, talla hermosa presumiblemente trabajada en la reducción misionera de Candelaria; de la que sería patrona, y que quedó en poder de la familia Asiscá, luego Chaveté y finalmente Areyú. Actualmente se halla en el paraje “Timbó Paso” a cargo de don Cornelio Umbert. Otra hermosa estatua de San Carlos. Bajo la dirección de los padres jesuitas, sería el patrono de la misma; esta fue regalada por vecinos indios a doña Nicanora Gauna de Acuña, esposa del comandante Juan Acuña, la que a su vez obsequió a don Carlos Nocetti, que fue pasando a manos de miembros de su familia; doña Francisca Nocetti de Sánchez dejó al morir a su hija doña Carlina Sánchez de Aponte, y actualmente posee la hija de esta la educacionista doña Nidia Ponte de Domínguez; la estatua tiene el brazo derecho roto. Otras estatuas ó imágenes quedaron juntamente con la Virgen e Loreto, en la capilla que construyeron y donde se conservan hasta la actualidad.

 

 El replanteo del pueblo de Loreto

 

Los indios guaraníes evangelizados, exneófitos del poblado jesuítico de Loreto en Misiones, según tradición, en diciembre de 1817, replantearon la nueva población con el mismo nombre de “Nuestra Señora de Loreto”.

 

Las primeras tareas realizadas fueron: la declinación del futuro emplazamiento del pueblo, haciéndolo a la manera de las reducciones jesuíticas: la capilla para albergue de las estatuas e imágenes que trajeron y para las prácticas del culto religioso (actual manzana Nº 45 del replanteo urbano); el cuartel de las fuerzas armadas indias a un costado sud-oeste, lado contiguo a la manzana D; la plaza pùblica frente a la capilla, calle por medio de la manzana D; el cementerio indio al costado noreste de la plaza (manzana Nº 32 del replanteo urbano); la casa habitación del corregidor Cerdán y su familia, al costado este de la capilla, calle de por medio

 

Los peregrinos se ubicaron en las tierras de las inmediaciones de la capilla, distribuyéndose las parcelas por familias, separadas las manzanas por calles, formando todas ellas una comunidad y en lo político se die-ron el gobierno local de cabildo, al estilo que tuvieron en Misiones bajo el régimen jesuítico.

 

El plantel de la nueva población fué bastante reducida, de pequeña extensión.

A ochenta metros de la capilla, al oeste se hallaba la laguna “Juncal”, separada de la laguna Tetera ubicada al norte de èste por un canal desague de treinta metros de largo y uno de ancho; y al sud por otro de casi igual longitud que las une a la laguna San Juan de gran extensión y aguas muy profundas con el gran estero Yaguá Cuá al noroeste que servían a la nueva población de contrafuerte oeste., Al noroeste a cien metros se encuentra la laguna “Atehì” y al sudeste la laguna “Chapay”, a un kilómetro de distancia existiendo dos lagunitas intermedias asì como dos esteros profundos, formando una hermosa loma en forma de cuadrilàtero donde se ubicaron las casas del nuevo pueblo.

 

Esta distribución estratégica de lagunas, la hermosa quinta de naranjos, tierras altas y foraces de la zona, posiblemente fueron los poderoso acicates que tuvieron los misioneros para emplazar allí el pueblo.

 

La ubicación de las lagunas les presentaba tres bocas de reducida longitud que facilitaba la defensa armada con pocas fuerzas, pues los accidentes hidrográficos del oeste forman una barrera de lagunas inexpugnables entonces.

 

Organización política de la nueva población.

 

No se ha podido obtener el acta de la fundación y la constitución del primer cabildo de la comunidad al constituirse esta nueva población, solo a título precario, a falta de documentación fehaciente, consignaré lo que al respecto me refirió doña Ana Chapay y que puede ser exacto, ya que se trata de una hija de unos de los dirigentes fundadores.

La comandancia y el cabildo, se constituyeron por elección directa de sus habitantes, en la siguiente forma:

 

Comandante en Armas para seguridad y orden popular al Comandante don José Ignacio Guyrayé ó Guayaré.

 

El Cabildo: Corregidor don Pedro Antonio Cedrán – Alcalde de primer voto: don Damián Paraguay – Alcalde de segundo voto: don José Miguel Guyrayé – Miembros don Francisco Guabí, don Juan Carlos Charey, don Agustín Bayayá y don Gregorio Cuyé. Secretario don Blas Chapay.

 

La nueva población en los primeros años vivió en forma precaria y miserable, ligado íntimamente en su existir con el poblado indio vecino de San Miguel y como necesitaban una autoridad superior bajo cuyas órdenes pudieran accionar, ambos resolvieron reconocer por Capital a San Roquito, ubicado en la costa del río Miriñay, gobernado por Félix Aguirre.

 

Este manejo continuó hasta el año 1822, en que penetró en los aledaños de estos dos pueblos de origen misionero, la influencia de la autoridad de Yaguareté Corá (Concepción Ctes.) y de las autoridades superiores de Corrientes como lo prueba los siguientes documentos obrantes en el archivo de la Provincia de Corrientes:

En este pueblo de San Roquito, a seis de febrero de mil ochocientos veintidós, el comandante don Juan Francisco Tabacayú, el Corregidor don Francisco Solano Arepí, el Alcalde Provincial don Manuel Tabacué, el comandante don Mariano Tacacá, todos los vecinos y habitantes que componen este pueblo, en reunión general, para tratar sobre nuestra suerte, venimos a manifestar de hallarnos sin protección alguna, por no haber superior ni jefe reconocido en Misiones de donde hemos reunido, por lo que nos consideramos huérfanos y libre de obligaciones al gobierno de Misiones; y debiendo unirnos y vivir en sociedad con otros pueblos para poder subsistir y ser útil a nuestra adorada Patria, y al mismo tiempo ponernos al amparo y protección de un gobierno legítimo, después de haber tratado con el más maduro examen que a nuestros intereses comunes “hemos resuelto todos decididamente por un convenio general unirnos a la Provincia de Corrientes, sujetarnos a su gobierno; sujetarnos y estra obedientes a la leyes que dicte; vivir en unión con nuestros hermanos correntinos y componer una sola familia, uniéndonos como desde luego con ellos nos unimos con toda nuestra voluntad a la Provincia de Corrientes y nos sujetamos a sis leyes con toda subordinación, conociendo por ahora por gobernador al Señor Teniente Gobernador don Juan José Blanco y a sus sucesores reconocer y obedecer las costumbres y leyes de los congresos Provinciales que por tiempo suceden; y acordarnos que esta acta original se remita al Superior Gobierno para que enterado de nuestra libre voluntad se sirva, como encarecidamente le pedimos, nos admita bajo su protección, reconociéndonos, como verdaderos ciudadanos de la Provincia de Corrientes y súbditos de ella.

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